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lunes, 2 de julio de 2012

Acostumbrarse a ganar


No sé por dónde arrancar. Realmente, tampoco tengo gran cosa que decir. Al menos, nada que suene realmente nuevo o ingenioso. Cuando lo anecdótico y lo excepcional se convierte en costumbre tendemos a no valorarlo en su justa medida y a considerarlo como parte de una obligación autoimpuesta. Todos, en mayor o menor medida, somos responsables del pecado. Es complicado de asimilar. El éxito continuado y sin brecha hace que te olvides del abismo, que pierdas la perspectiva y que te olvides de cómo has llegado hasta él. 
A la España de XaviIniestaRamosAlonsoCasillas y Silva le exigimos ganar. Y no solo le exigimos ganar, también le exigimos convencernos y divertirnos. Todo al mismo tiempo. Y lo hicimos de manera inmisericorde. En ese ejercicio tan español de arrojar de todo contra nuestros triunfadores, nunca nos pareció suficiente lo mucho que nos ofrecían. Tratamos de buscar cualquier rendija, cualquier resquicio de presunta debilidad, a través de la que atacarles o infravalorar lo que estaban haciendo. Nos aburrimos de ganar, de conseguir lo que habíamos estado toda una vida soñando.
Ganar, ganar, ganar y volver a ganar. La frase la soltó Luis Aragonés, quizá el personaje en el que todo esto arrancó hace ahora cuatro años, pero siempre fue entendida como una mera soflama motivadora carente de significado más allá de la pura fuerza semántica del verbo en cuestión. Hoy, con la idea perfeccionada (aunque discutida y discutible) de la mano de Vicente del Bosque, aquella perorata ha cobrado una dimensión desconocida. Real como nunca en la Historia. Inconcebible hace apenas unas vueltas de calendario. España, los españoles, nos hemos acostumbrado a ganar. Y lo confirmamos en la noche del primero de julio de dos mil doce, con el partido de nuestras vidas, con una arrolladora, imponente e impensable victoria por cuatro goles a cero frente a Italia. La misma Italia que nos rompió las narices en el pasado y la misma que se había burlado de nuestra condición de segundones y hermanos pobres durante tantos y tantos años. Y todo, gracias a una generación única y a unas condiciones inigualables que no sabemos si podrán volver a repetirse alguna vez.